Wayne W. Dyer

No hace mucho que murió este maestro universal, quien supo conjugar la sabiduría de Oriente con la de Occidente, divulgándola, además, desde un sello propio y en un lenguaje cercano y accesible.

Elogiador de la libertad, la sensibilidad y la bondad, recordó, en alguna de sus conferencias, la importancia del Trascendentalismo norteamericano, del cual, en esta europeizada Europa, no hemos aprendido, aún, ni a pronunciar la “T”. (O se nos ha olvidado.)

Digno heredero, desde luego, de Emerson y Thoreau, algunos de sus maestros fueron Abraham H. Maslow y Nisargadatta Maharaj.

Abandonado por su padre, vivió en orfanatos, donde se dedicaba a animar a los demás niños, planteándoles esa vivencia común como una fiesta, donde podían hacer lo que quisieran, porque no había padres.

Trabajó desde niño. Atravesó el alcohol, las drogas y varios matrimonios. Pero tuvo tiempo de aprender, de crecer y de compartir. Una vez hubo llegado a ser profesor de Psicología en la universidad, decidió abandonarla, para que aquello que tenía que decir llegase a mucha más gente y no solo a un grupo reducido de personas.

En los contenidos adicionales de la película El cambio (The shift), todavía podemos verle extendiendo su sabiduría entre personas más jóvenes que él, como un abuelo sabio, un abuelo patrimonio de la Humanidad; el abuelo Dyer (como creo recordar que alguien aludió a él).

Filósofo, psicólogo, sabio y humano. Las certezas de sus últimos mensajes no están hechas para ser sometidas a falsación racional, sino para ser vividas y experimentadas por uno mismo.

Wayne W. Dyer no es mi maestro porque yo sea un digno discípulo suyo, sino porque entre la bruma, la miseria, el absurdo y la aporía, siempre tiene algo nuevo que enseñarme, una nueva esperanza que darme.

«Por supuesto, actúa para erradicar los horrores del mundo, que emanan de la identificación masiva con el ego, pero vive en paz.

[…]

Sentirse ofendido crea la misma energía destructiva que te ofendió y que lleva al ataque, al contraataque y a la guerra.» (Wayne W. Dyer, El poder de la intención…)